Las constituyentes no le han hecho mayores servicios a la sociedad
venezolana, si juzgamos por los resultados. No es cierto que los progresos de
la vida y el establecimiento de la democracia dependan de la redacción de un
manual en cuyas reglas se encierre la clave para la edificación de una
república hecha y derecha. La sociedad da tumbos mientras un grupo de
legisladores de buena fe, o de aprovechadores de su representación en los
congresos, o de taimados manejadores de un interés partidista se encierran a
escribir las reglas de la convivencia. La convivencia pocas veces se entera del
trabajo de esos sabios señores que pretenden escribir el evangelio de la
felicidad colectiva, no en balde ella se forja progresivamente debido a los
tropiezos y a los aciertos de la gente sencilla, sin conexiones con la
pedagogía o con la pedantería de los legisladores.
¿Cuántas constituyentes se han llevado a cabo, desde el comienzo de la
república? ¿Cuántas se recuerdan por su efecto en la sociedad, por la capacidad
que tuvieron de transformar los hábitos de los venezolanos? ¿Cuántas dejaron un
proyecto duradero de república, capaz de establecer formas respetables de
cohabitación que permanecen a través del tiempo y por las cuales conviene
jugarse el pellejo? Apenas un par de esas congregaciones exageradamente
veneradas, porque el resto bien merece el olvido por lo que tuvo de
manipulación y de ejercicio estéril, a menos que le concedamos provecho a los
mamotretos que se faenaron para el servicio de las autocracias o para complacer
a unos tutores que guardaban en la cabeza la pretensión de hacernos mejores y
más útiles como pueblo. La aplastante mayoría de las constituyentes sucedidas a
partir de la creación del Estado nacional apenas han sido ejercicios de
retórica o burla de las necesidades del pueblo, es decir, testimonios de lo que
no se debe hacer para que la sociedad encuentre el rumbo que merece partiendo
de sus anhelos fundacionales de libertad y cívica decencia. Han sido, en
términos abrumadores, un trabajo sin conexión con las urgencias de la sociedad,
es decir, tiempo desperdiciado al cual se vuelve como si de veras hubiera sido
provechoso, u horas infructuosas que se quieren repetir para pescar en río
revuelto.
Hay que ser enfático sobre el asunto, cuando vuelven a sonar los
clarines de un nuevo aire constituyente que promete la apertura de un ciclo
diverso para la sociedad. Apenas la reunión de representantes que tuvo la
lucidez de separar a Venezuela de Colombia en 1830, de reclamar los fueros de
una nación postergada por el beneficio de un gigante con pies de barro; y la
extraordinaria asamblea del trienio adeco, en cuyas discusiones se formó la
república democrática y popular que luchaba por su establecimiento desde la
época de la Independencia, fueron capaces de llevar a la práctica un designio
de colectividad que echó raíces para el bien de las mayorías. No solo por su
duración temporal, sino especialmente por el vínculo que establecieron con la
necesidad popular de modificar las formas de la existencia, cumplieron
cometidos excepcionales.
Debido a una publicidad interesada de Chávez, quien insistió en la
trascendencia de la nueva Constitución hasta convertirla en adorno habitual de
los líderes que salen en televisión, tanto “revolucionarios” como opositores,
se ha magnificado el papel del manual redactado por la nueva generación de
padres conscriptos. De allí que el trabajo de los constituyentes se haya
convertido en un librito harto popular, tan cómodo que se puede llevar en el
bolsillo, tan barato y socorrido que se regala en las calles de las ciudades,
sin que se pueda saber a ciencia cierta para qué sirve, ni si estamos enterados
a cabalidad de sus disposiciones, ni cómo se viola con el auxilio de la
impunidad. Contra ese fetiche trata de levantarse el nuevo llamado a una
constituyente, un desafío que no parece sencillo, pero también contra el
sentido común. ¿Cómo convocar de manera solvente una nueva convención de
hacedores de constituciones, cuando la vigente no ha dejado de tener
popularidad y cuando las críticas de las mayorías no se han orientado contra su
contenido, sino contra los dislates del gobierno? Por supuesto que los
convocantes se pueden presentar como unos gigantes capaces de hacer lo que
apenas han logrado dos congresos a través de una historia larga en decepciones
generales y en triquiñuelas fraguadas en las curules, pero no parece que por
sus luces calcen en esa horma. De allí la obligación de enmendarles la plana.